Un comentario al final…

•5 Noviembre 2009 • 1 comentario

No me di cuenta cómo llegó este día. Seis años pasaron más rápido de lo que pensaba y los cambios han sido notorios. La Universidad comenzó como un gran desafío, para variar con las cosas que me apasionan y finalmente se convirtió en algo fundamental en mi vida. Me eché un ramo y también me cambié de universidad, pero nunca dejé de confiar en que esta era la carrera que quería seguir. Ha variado la especialización por motivos personales, económicos y laborales, pero no ha cambiado jamás la vocación y la actitud crítica y analítica que me caracteriza.

Hace una semana terminó oficialmente este proceso y aún no me la creo. No más clases, no más pruebas, no más lecturas obligadas, no más trabajos en grupo, ni horas de sueño que hacen mucha falta, ni profesores que transmiten la intensidad de lo que estudian, ni de esos lateros que no te convencen de nada. No más vacaciones de dos meses. Al menos por el momento. No puedo negar que extraño todo esto, debo ser una de las pocas personas que disfrutan estudiando y aprendiendo cosas, por lo que no me veo mucho tiempo alejada de las pistas institucionales, las lecturas y estudios personales se mantienen como siempre en lo cotidiano.

Quiero agradecer a mi familia, mi padre y mi madre, ellos en especial pues he visto su esfuerzo diario y a cada instante, por conseguir que este retoño tuviera la posibilidad de estudiar y tener una profesión, para que me “defendiera ante el mundo” y para que “no tenga la necesidad de que un hombre me mantenga”. He visto como han ido aceptando poco a poco que esta niña no planea irse de la casa sólo con un marido, ni quiere quedarse en Chile para siempre. Con mi hermano, Alejandro, siempre hemos sido algo distantes, pero no por eso nos queremos poco, con su presencia especial también me alienta a no flaquear y a conseguir cosas, a esforzarme por no ser una estudiante del montón y destacarme en medio de una profesión que está sobrepoblada, yo creo que gracias a su opinión con mi tesis me terminé de animar para ir a presentarla a Paraguay.

Mis amistades constantes, que han estado aquí sin dudarlo, confiando en mí y dándome su cariño, cada cual con su aporte. Ustedes tienen más que claro quiénes son, qué agradezco en especial a cada uno y cuánto los quiero. No necesitan más palabras porque me preocupo de que lo sientan en lo cotidiano. Me sobran dedos de una mano para contarlos, pero son más que suficientes y valen por un millón de personas.

Y a ti, porque apareciste en el final de este viaje a darme un último empujón que me hacía falta. Le devolviste la poesía a mi vida, la magia y el romanticismo. Creo que el tiempo vale la pena y me siento más segura contigo a mi lado. Como lo hemos dicho, más que robarnos energías potenciamos la que cada cual tenía por separado, y eso es difícil de encontrar. Gracias a tu presencia volvieron las letras a mi vida y nació este blog.

Me siento feliz y orgullosa, pues soy una Psicóloga enamorada de mi carrera en todas sus expresiones y que no he dudado por un momento en la elección que hice. Pronto los planes cambian y ya no estás en la estabilidad que te da la universidad, ahora debes luchar con garras propias para tener lo que deseas y todo se mueve más rápido que antes.

Hoy abundan las certezas, la tranquilidad, el agradecimiento, el orgullo y el amor. Así como la ansiedad de un futuro que está forjándose con cada uno de mis actos. Desafíos y más desafíos.  Nunca les he temido, por el contrario, pareciera que los busco en cada rincón. Y seguiré buscándolos mientras continúe viviendo.

Donde el tiempo no avanza

•17 Octubre 2009 • 3 comentarios

Vi un punto cercano en el mapa. Traté de pronunciarlo bien y no funcionó, pero de inmediato sentí que posiblemente aquél era un lugar especial: Areguá. Lo propuse al grupo y los convencí  que estaba cerca de una reserva nacional, la del Lago Ypacaraí, en realidad no tenía ninguna certeza de que podríamos ver el lago, pues era sólo un punto en el mapa y una intuición que me indicaban que quería llegar hasta ahí.

Tomamos un “colectivo”, una micro, desde San Lorenzo y a medida que salíamos de la ciudad el paisaje iba cambiando, iban apareciendo más estancias y animales que nos llamaron la atención por ser muy flacos, luego comprendí que no se usan para producir carne, sino cuero y para eso no se necesita que sean muy contundentes. Esa flora tropical cautiva, tan grande y exuberante, mezclada con casonas rodeadas de corredores, perfectos para disfrutar la lluvia inesperada que aparece de pronto en este lugar, sobre todo en el verano.

Nos bajamos cuando vimos la Iglesia, un lindo lugar, grande e imponente, rodeado de hermosos jardines. Ahí, justo de frente a este lugar, logré visualizar a lo lejos el brillo del agua, ¡Finalmente sí había un lago! Comenzamos a caminar por una explanada de pasto que nos guiaba a la calle principal de este pueblo. Una avenida con una pista en un sentido, al medio un paseo peatonal, y la pista en el sentido contrario.

A medida que avanzábamos me di cuenta que no son muchos habitantes, y al parecer tampoco son muchos los turistas que llegan a visitarlo, el silencio reinaba y sólo se sentía el intenso calor y el sonido de las hojas cuando chocan entre sí por culpa de una brisa que corre. Una que otra persona que nos miraba con curiosidad, un grupo de jóvenes diferentes que tomaba fotos insistentemente debe llamarles la atención. A mí me dio la sensación de que en ese lugar tan especial, se lograba un efecto exquisito y no se sentía el paso del tiempo, tal era la calma y quietud de las calles y las casas.

Las artesanías de este lugar me recordaron a Pomaire, ubicado cerca de la capital de Chile, pero por supuesto los colores y los motivos son muy diferentes. Caminamos un rato por el lugar, con las respectivas compras de cada uno y luego nos encaminamos hacia el Lago. El atardecer es más temprano en Paraguay, a eso de las 6, por lo que debíamos apurarnos para verlo. Caminamos y a medida que avanzaba las ganas de sentarme y tomar agua eran más profundas, el cansancio de los bultos y el calor que ahoga finalmente logró que me sacara mis sandalias y caminara a pies descalzos hasta el lago.

La playa está rodeada por un parque precioso, con canchas de futbol y juegos infantiles, que por ningún motivo hacían perder el encanto al lugar. La arena es rojiza y caliente, corrí a poner los pies en el agua para refrescarme pero fue imposible, el agua estaba tan caliente como el aire así es que sólo sirvió para sentir la potencia del Lago Ypacaraí. Me senté en un tronco y esperé la puesta de sol. Valía la pena el cansancio y la caminata. Un lugar maravilloso. Una sensación inigualable. Y una paz, que sólo aquellos lugares te pueden entregar.


Carta VIII – Gabriela Mistral

•14 Septiembre 2009 • Dejar un comentario

Todos recordamos a la Gabriela Mistral que escribía poemas como “Dame la mano y danzaremos”, “Desolación” o “Todas íbamos a ser reinas”. No mucho es lo que sabemos de Lucila, la mujer que estaba reinada por la pasión corriendo en sus venas y esas angustias existenciales que más de alguna vez he sentido, en que cualquier locura que hagas no es suficiente para darle salida a lo que tu alma grita. Y que obviamente la mano no corre tan rápido como tus pensamientos y escribir no basta, y aunque hagan esfuerzos en comprenderlos los demás jamás lo harán.

Esta vez escogí para compartir con ustedes la Carta VIII que escribió Lucila a Manuel, la escuché anoche en televisión, en la voz de Ximena Rivas y su actuación me gustó, intensa como debe haber sido este personaje chileno, por primera vez, logro captar con atención esos sentimientos que, de pequeña, no sospechaba.

“Manuel:

Tu carta debió llegar ayer y llegó hoy en la noche. Me he puesto tan contenta de saberte tranquilo y afectuoso. Vuelvo a decirte: no tienes derecho a llorar lejos de mi pecho. Guárdamelo todo – amargores y amores- porque todo cabrá en mí y porque no quiero que nada tuyo se pierda en otras manos, ni siquiera la sal de tus lágrimas. Sed tengo de ti y es una sed larga e intensa para la que has de guardarte intacto. Guárdame los ojos hinchados de lágrimas; sólo sobre mi cara han de aliviar de ellas. Dolorido te amo más. Me acrece la ternura hasta lo infinito al saberte dolorido.

Tus cartas ardorosas no hacen en mí lo que tus cartas sufrientes. ¡Como la de hoy, amorosa! Sin… (No termino, ¿quieres?) Pero todas esas cartas tienen razón de ser; copian horas diversas. A la hora de la siesta se escriben aquéllas ¿verdad?

Me gusta mucho escribirte en la noche, pero ahora me duelen los ojos de leer o escribir a estas horas. Y alguna vez cuidaré algo de mi cuerpo: los ojos. Al cabo son tuyos y he de quererlos por esto.

Sigo mañana, jueves día festivo. No me despido. Vas a pasar conmigo la noche.

Lucila”


Texto extraído de: http://www.archivochile.com/Cultura_Arte_Educacion/gm/d/gmde0028.pdf

La historia de amor de Los Payachatas

•29 Junio 2009 • Dejar un comentario

La historia de los Payachatas la conocí en Febrero de este año. Tomé un tour hasta el Lago Chungará y fue todo mágico, en un ambiente especial para mí porque fue uno de mis primeros viajes sola. El paisaje era tan maravilloso que daba para imaginar que cualquier cosa podría haber pasado allí. En Parinacota (y a salvo de la puna), el guía de origen aymara nos contó:

Había dos tribus que se encontraban distanciadas hace mucho tiempo, sus conflictos territoriales provocaban discusiones y peleas. Sin embargo, el príncipe y la princesa de ambos poblados se conocieron y se enamoraron. Era un amor puro y sincero, que era capaz de ir más allá de los conflictos de sus tribus.

Por supuesto, las familias no estuvieron de acuerdo con la relación y no entendían cómo podía pasar todo esto. Era tan grande que el odio que sentían unos con otros, que se volvieron  incapaces de ver esta oportunidad para la paz y la unión de ambos pueblos. Para separarlos, recurrieron a todo tipo de rituales mágicos que no tuvieron éxito.

Era tanto el amor que la Naturaleza se compadecía de su sufrimiento. Las nubes y la luna empezaron a llorar. Los lobos aullaban y las tormentas cayeron sobre las tierras, esta era la advertencia de los dioses para ambas tribus. Tan inútiles resultaron los esfuerzos de ambas familias, que los sacerdotes decidieron sacrificarlos para que nunca llegaran a estar juntos. En una noche oscura y sin luna los príncipes fueron asesinados.

La fuerza de la naturaleza se hizo presente, llovió y llovió por días y noches. Las lluvias, cada vez más intensas, fueron acompañadas de truenos y relámpagos que asolaron la región. Las dos tribus desaparecieron, producto de las inundaciones y en lugar de ellas aparecieron dos hermosos lagos: el Chungará y el Cotacotani, por donde se ha visto pasar en pequeñas canoas a los dos príncipes finalmente juntos.

No conforme con eso, la naturaleza puso en el lugar de las tumbas de los jóvenes dos volcanes para que pudieran amarse toda la Eternidad: el Parinacota y el Pomerape, conocidos comúnmente como “Los Payachatas”.


A 4500 mts sobre el nivel del mar, aproximadamente.

Fotografía tomada por Estefanía Delmás, cámara Canon Power Shot S3IS

Información complementada con lo extraído desde El Morrocotudo

Mi regreso

•28 Junio 2009 • 2 comentarios

Hace algún tiempo tenía ganas de escribir. Algunos amigos me decían que lo hiciera, que retomara esta vieja costumbre y que si no quería un Blog propio, ellos me prestaban un espacio para que dijera lo que se me ocurriera. Sin embargo, algo me tenía con el torrente de palabras bloqueadas, era como si me hubieran cortado las manos y borrado con una goma las ideas.

Aún no sé que era ese algo (o quizás lo intuyo), tan solo sé qué fue lo que me devolvió estas ganas incontrolables de escribir. Ahora más que nunca siento la necesidad de expresar muchas cosas, de compartirlas con quien quiera leerlas. Y con un buen empujón finalmente me decidí y aquí estoy.

Los temas que aquí saldrán no están definidos previamente, puede que estén muy relacionados con mi profesión, con mis hobbies, con mis experiencias, con mi gente. De eso no tengo certeza. Aquí comienza mi regreso en el mundo infinito de las letras virtuales.

¡Bienvenidos!

Flor en el Altiplano