¿Igualdad o Equivalencia?

Hace algunas semanas disfruté de la lectura de Un cuarto Propio, de Virginia Woolf. Además de sentirme especialmente interesada (hace tiempo) por las temáticas de género, esta vez me llamó la atención que a través de la lectura, uno puede seguir más o menos con cierta certeza la línea de razonamiento que utilizó la autora para transmitir su punto de vista.

A través de esta obra, me parece que Virginia Woolf quiso dejar en claro cual era la importancia para las mujeres (como género femenino en contraste del masculino), de tener un espacio propio, que nos permitiera dar rienda suelta a nuestras aficiones artísticas de escritura y creación. Todo esto se enmarca en la clásica separación de roles de género que se ha establecido a lo largo del tiempo, gracias a un asunto primitivo de proveedores y cuidadoras, que más de alguno podría adjudicar al evolucionismo darwiniano.

Es que resultaba sumamente complejo para las mujeres de aquel entonces (y aun a las actuales), responder a las labores que clásicamente se adscriben a nuestro género, como por ejemplo: la educación de los hijos, la mantención del hogar, la hospitalidad a nuestros invitados, y porqué no decirlo, actuando también como moderadoras de los hombres en muchas situaciones. Por si fuera poco, se suma a nuestro deber la actitud que debemos mostrar: alegres, amables, serviciales y sonrientes ante todas estas exigencias que no siempre queremos asumir como propias, o no completamente, al menos. ¿Y qué ocurre con nuestros propios intereses? ¿Qué ocurre cuando queremos tener un momento de tranquilidad para escribir a solas sobre nuestros pensamientos diarios? Pues bien, debíamos esperar al final del día, cuando ya todos duermen en paz, para recoger nuestros restos de energía y dedicarnos a esas actividades que se reservaban principalmente a los hombres, como la escritura y la creación.

Ocurre que Virginia no sólo se refiere a la necesidad de contar con un espacio físico propio, sino más bien se refiere a una construcción simbólica del espacio que cada persona ocupa, por el simple hecho de serlo. Con la claridad de la existencia de este lugar, podríamos ser capaces de marcar el territorio a nuestro alrededor, de forma que podamos movernos con libertad dentro de lo que deseemos para nosotras mismas. No puedo dejar de pensar en lo importante que resulta situarnos en el mundo por completo, diciendo: “esta persona, soy yo, con lo bueno y con lo malo, le guste a quien le guste”, de forma que seamos capaces de moderar nuestras interacciones con los otros, respetando primariamente nuestro cuarto propio, y en segundo término, el cuarto de los demás.

Sabiamente, ella nos indica que muchos podrían intentar censurarnos, pero que la inacción tan sólo va en contra de la naturaleza humana, pues sentimos de forma constante la motivación para salir de ese estado de quietud. Veamos:“¿Quién me censura? Muchos, no cabe duda, y me llamarán descontenta. No podía evitarlo: la inquietud formaba parte de mi carácter; me agitaba a veces hasta el dolor…

  • “¿Quién me censura? Muchos, no cabe duda, y me llamarán descontenta. No podía evitarlo: la inquietud formaba parte de mi carácter; me agitaba a veces hasta el dolor…

    Es vano decir que los humanos deberían estar satisfechos con la quietud: necesitan acción; y si no la encuentran, la fabrican. Son millones los que se hallan condenados a un destino más tranquilo que el mío y millones los que se rebelan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones fermentan en las aglomeraciones humanas que pueblan la tierra. Se da por descontado que en general las mujeres son muy tranquilas; pero las mujeres sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar sus facultades y disponer de terreno para sus esfuerzos lo mismo que sus hermanos; sufren de las restricciones demasiado rígidas, de un estancamiento demasiado absoluto, exactamente igual que sufrirían los hombres en tales circunstancias. Y denota estrechez de miras por parte de sus semejantes más privilegiados el decir que deberían limitarse a hacer postres y hacer calcetines, a tocar el piano y bordar bolsos. Es necio condenarlas o burlarse de ellas cuando tratan de hacer algo más o aprender más cosas de las que la costumbre ha declarado necesarias para su sexo.”

En el párrafo anterior, la autora remarca que efectivamente hombres y mujeres podemos tener las mismas necesidades, al menos en algunos aspectos. Lo que hace fundamentalmente es situarnos como una contraparte activa, no sumisa, a lo que los otros esperan de nosotros, criticando incluso a nuestro propio género cuando ha querido encasillarnos. La gracia de tener un mundo dividido en dos, radica precisamente en la diversidad. Muchos creen que en nuestro afán “feminista” podríamos querer igualarnos con los hombres, o abrir espacio para crear nuevas variaciones de géneros; sin embargo, la lucha feminista (para algunas) se enmarca en otras intenciones que explicaré más adelante. Continuemos revisando:

  • “Sería una lástima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo; ¿cómo nos las arreglaríamos, pues, con uno solo? ¿No debería la educación buscar fortalecer más bien las diferencias que no los puntos de semejanza? Porque ya nos parecemos demasiado, y si un explorador volviera con la noticia de otros sexos atisbando por entre las ramas de otros arboles bajo otros cielos, nada podría ser más útil a la Humanidad; y tendríamos además el inmenso placer de ver al profesor X ir corriendo a buscar sus cintas de medir para probar su superioridad.”

Esto no es una competencia, señores. No queremos ser iguales a los hombres, ni menos que los hombres sean iguales a nosotras. ¡No podría haber situación más nefasta y aburrida que esa!. La lucha que mencioné previamente no tiene que ver con la igualdad, concepto tan sobrevalorado y manoseado en nuestros tiempos. Si no más bien con la equivalencia. Veamos primero la diferencia etimológica entre ambos conceptos:

Igualdad: Proviene del latín aequalitas-atis. La definición existente en la Real Academia Española de la Lengua (RAE) dice “Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad”.

Equivalencia: Proviene del latín aequivalens-entis. La definición en la RAE indica: “Igualdad en valor, estimación, potencia o eficacia de dos o más cosas”.

Por tanto, buena parte de la lucha feminista busca que tanto hombres como mujeres, es decir, tanto lo femenino como lo masculino, sea valorado de igual forma en nuestra sociedad, sin prejuzgar ni etiquetar a priori, sino más bien reconociendo que ambas partes tienen valor por sí mismas, y que ambas son necesarias para llevar este mundo en relativo equilibrio.

Volviendo nuevamente a Un Cuarto Propio, la autora además nos instruye con respecto a la necesidad de integrar ambos universos en un mundo individual, ser exclusivamente hombres o exclusivamente mujeres, lo más probable es que nos lleve a cierta ceguera con respecto a los demás y nos aleje de la empatía, tan requerida para relacionarnos con los otros de manera más o menos satisfactoria.

  • “Es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser mujer con algo de hombre u hombre con algo de mujer. Es funesto para una mujer subrayar en lo más mínimo una queja, abogar, aun con justicia por una causa; en fin, el hablar conscientemente como una mujer. Y por funesto entiendo mortal; porque cuanto se escribe con esta parcialidad consciente está condenado a morir. Deja de ser fertilizado. Por brillante y eficaz, poderoso y magistral que parezco un día o dos, se marchitará al anochecer; no puede crecer en la mente de los demás. Alguna clase de colaboración debe operarse en la mente entre la mujer y el hombre para que el arte de creación pueda realizarse. Debe consumarse una boda entre elementos opuestos. La mente entera debe yacer abierta de par en par si queremos captar la impresión de que el escritor está comunicando su experiencia con perfecta plenitud. Es necesario que haya libertad y es necesario que haya paz. No debe chirriar ni una rueda, no debe brillar ni una luz. Las cortinas deben estar corridas. El escritor, pensé, una vez su experiencia terminada, debe reclinarse y dejar que su mente celebre sus bodas en la oscuridad. No debe mirar ni preguntarse qué está sucediendo. Debe más bien deshojar una rosa o contemplar los cisnes que flotan despacio río abajo.”

En todos los ámbitos de nuestra vida, tiene sentido llegar a conocer e integrar cada parte de nosotros mismos en un todo, pues de esa manera tal vez logremos cierto grado de auto conocimiento que nos permita actuar de manera consecuente e integrada, con nosotros mismos.

Específicamente en el ámbito de la literatura, que es a lo que se refiere Virginia Woolf, creo que la integración de lo femenino y lo masculino, tiene que ver con la posibilidad de poder acercarnos a un mejor desarrollo de las historias que queramos contar, pues, ¿qué es el mundo, sino la coexistencia de conceptos antagónicos? Y ¿qué es la literatura, sino un sinfín de historias contadas y por contar?

Vulnerabilidad y Verguenza

De casualidad y navegando por la red, llegué a este video que quiero compartir con ustedes. Es una charla TED y quien habla es Brené Brown, una mujer con gracia para contar historias, por lo que me enganché al tema rápidamente.

Nos habla de conceptos que comúnmente evitamos: vulnerabilidad, exposición, vergüenza, culpa, por mencionar algunos. De forma constante nos alejamos de la vulnerabilidad porque nos deja expuestos a los otros, y puede también mostrar lo “malos” que somos o podemos llegar a ser.

Lo que propone Brené es que es en este estado de exposición donde surgen mayormente los cambios, la innovación y también la creatividad. Es que mostrarse vulnerable requiere coraje y valentía, botar la vergüenza de nuestras equivocaciones.

La verdad es que poco puedo mencionar yo al respecto, sólo invitarlos a darse unos minutos y ver este video que realmente vale la pena.

Para ver el video, haz click en el siguiente link: Brené Brown: Escuchando a la vergüenza

La Fluidez II

La introducción realizada en mi post anterior a la Teoría de Mihaly Csikszentmihalyi se debe a mi interés en el desarrollo de la creatividad en distintos ámbitos de nuestra vida, ya sea porque la necesitamos como parte de nuestro trabajo, como hobby, o bien, para afrontar distintas problemáticas cotidianas a las que nos vemos expuestos. Y es que el estado de fluidez tiene, por definición, una apertura de conciencia que facilita la movilidad de nuestras ideas hacia un resultado o producto final; por esta razón, somos capaces de realizar conexiones innovadoras o visualizar cosas que simplemente no habíamos observado antes. En el libro “Aprender a Fluir”, el autor le entrega importancia a este tema en el sentido de la relación existente entre el flow y la calidad de vida: si efectivamente ocupáramos buena parte de nuestro tiempo realizando actividades que disfrutamos y que, conllevan a la fluidez, probablemente nuestra calidad de vida podría incrementarse de forma considerable; acercándonos tal vez a aquello que nos gustaría llamar vida.

En esta ocasión, me gustaría centrarme específicamente en cómo abordamos diferentes actividades o experiencias, y cómo podríamos actuar sobre nosotros mismos para promover la aparición de este estado. Por lo general tenemos una cantidad importante de variables que influirán en nuestro estado de ánimo interno. Mihaly, en un intento por explicar los más importantes, utilizó un cuadro de doble entrada que nos permitirá visualizar qué ocurre una vez combinadas estas variables. Veamos de qué trata cada una:

DESAFIO: tiene que ver con el nivel de dificultad o novedad que percibimos en cada actividad. Si por ejemplo éste es muy bajo, corremos el riesgo de aburrirnos rápidamente y perder el interés; si por el contrario, el desafío fuese demasiado alto, tal vez podríamos frustrarnos ante la imposibilidad de conseguirlo. Ahora bien, esta variable no es estándar a toda la población, pues cada cual percibe con distintas medidas la dificultad. Se hace entonces necesario mencionar el siguiente punto.

CAPACIDAD: se relaciona directamente con la valía personal, la autopercepción, la autocritica y en definitiva, con la evaluación que hacemos de nuestra propia performance. Podrían surgir preguntas como: ¿Qué tan capaz soy de preparar una cena? ¿Tengo cierta habilidad para dibujar fielmente un retrato? o bien, ¿Soy capaz de contar una historia a través de un cuento o novela?

Según qué tan capaz me considere, es cómo voy a percibir los desafíos en cada experiencia. Así, surgen diferentes estados anímicos internos que podemos apreciar en el siguiente cuadro:

Veamos algunos ejemplos concretos:

Si en mi clase de literatura me solicitan escribir un cuento y yo considero que esta actividad es un desafío alto para mí, pues es algo desconocido, y junto con esto creo que mis habilidades al respecto dejan bastante que desear, es posible que mi estado interno se aleje de la fluidez y se acerque más bien a la ansiedad.

Si hablar en público ha sido una experiencia frecuente en mi vida académica, presentar una investigación en un congreso podría parecer un desafío más bien bajo. Si junto con esto creo que poco a poco he mejorado mis habilidades de oratoria, mi estado se verá marcado por cierto relajo en esta experiencia.

Un estado de fluidez será más probable cuando me enfrento a una experiencia que me parece suficientemente desafiante, y al mismo tiempo creo que cuento con las herramientas necesarias para lograrlo.

Dada la información anterior, considero perfectamente probable que, con la debida introspección,  podamos identificar qué habilidades o herramientas deberíamos potenciar para enfrentar con éxito los desafíos que nos proponemos. O de forma inversa, podríamos proponernos desafíos que resulten desafiantes de acuerdo a nuestras propias capacidades y así elevar nuestra motivación. Podríamos eventualmente exponernos de forma gradual (y “voluntaria”) a aprendizajes que, de algún modo, influenciarían la aparición de la fluidez, el agrado de realizar alguna actividad y progresivamente, impactarían en una mejora en nuestra calidad de vida.

Csikszentmihalyi, M. (2007) Aprender a Fluir. Barcelona: Editorial Kairós.