Dejando de hacer

“Sí, princesa. El no hacer nada es algo que todavía no has intentado. Debes dejar de actuar y comenzar a no hacer nada en absoluto. Eso es, no hacer nada y no decir nada; no dar explicaciones, no defenderte, no poner las cosas en orden, no protestar, no pedir perdón, no amenazar, no preocuparte, no pasarte noches en vela pensando, planeando y calculando. ¿Entiendes la idea?” (La princesa que creía en los cuentos de hadas, Marcia Grad)

La entiendo. Efectivamente soy capaz de comprenderlo, pero aún así no he sido capaz de ponerlo en marcha. Es que mi mente no para. No avisa. No espera. En realidad sí espera muchísimas cosas de la vida y de las personas, ¡un momento! ¿Es mi mente o es mi corazón quien espera todo eso que se llama “felicidad”? A veces nos vemos tan ocupados que nos olvidamos de hacer nada, de detenernos y simplemente ser receptores de las circunstancias, de los sentimientos, de los gestos y miradas. Siempre estoy actuando, provocando, incentivando, alejando, siempre en movimiento y acción permanente. Y si me detengo ¿qué? Nada tan grave podría ocurrir, quizás tan sólo se trata de dejar de controlar. Soltar. Relajar. Dejar que el mundo continúe danzando a mi alrededor y observar aquellos “presentes” que me regala en cada fracción de tiempo, permitir que la ternura entre en mi vida tal cual es. Una buena idea para poner en práctica y disfrutar.

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